Un relato: ‘Supersonic Beauty’

Relato publicado en la revista Esquire España, número de febrero de 2019:

 

SUPERSONIC BEAUTY

de Antonio Rojano

Parecía el último día sobre la tierra para los que nunca tendremos una segunda oportunidad y aquellas horas, las más cercanas a su fin, corrían desbocadas como un caballo de carreras. No se debe entrar a un hipódromo si con ello gastas tu última bocanada de esperanza. Si además te aventuras a jugar, tampoco es sabia la decisión de apostar el dinero del alquiler (o de la comida o de los hijos) en nada que no sea el alquiler (o la comida o los hijos). Diría que, eso de pisar un hipódromo, no es una buena idea en ninguno de los casos, pero Celina redoblaba la amenaza y el vacío propio de los domingos conspiraba en mi contra.

—Si no venís conmigo, pibe, pienso rentarle a cualquiera la pieza en la que dormís.

Celina y yo llevábamos tres meses compartiendo un apartamento en Miami Beach y cinco trabajando juntos. En mi caso, apenas alcanzaba el año como residente en Florida. Había aparcado, en el último curso, mis estudios de Arte Dramático; había sacado los ahorros del banco y había cogido un avión transoceánico. Un amigo, el mismo que me convenció para dejar Madrid —un actor de mi escuela que acababa de rodar una película para Netflix—, me presentó a un representante latino que, durante aquella primera semana, fue capaz de conseguirme un papel en un rodaje profesional. Aterricé y abracé el triunfo o, por lo menos, lo acaricié. Pero eso había sido todo, nada más que una caricia. Un personaje minúsculo en un culebrón. Alguien que abría una puerta y dejaba caer su frase: «Lo siento, pero el señor Robles no vendrá». Figuración especial, así lo llamaban. Después, pasaron los días y no llamó nadie. Tampoco vino nadie. El sueño del «señor Robles» se evaporaba y, mientras desaparecía, terminaba con mis ahorros.

Ocho castings y dos representantes más tarde, comencé a trabajar en un restaurante argentino del que era cliente. Allí fue donde conocí a Celina, una de sus camareras. La chica, uruguaya de nacimiento, había dejado Montevideo hace una década, obligada a continuar la huida que comenzó su madre. A pesar de su origen, Celina creía en el mito de América casi tanto como los primeros colonos. Le entusiasmaba el béisbol y era fan de Dan Marino; cualquier cosa gringa encendía su atención. La joven, entre milanesas y donuts de bacon, consiguió encariñarse de mi fracaso y convenció a su jefe para que me contratara en el turno de tarde.

Llegamos al Hipódromo de Calder poco antes de la cuarta carrera. La entrada con parking costaba cinco dólares. Pagamos y accedimos al recinto. Unos mil individuos (o diez mil, ¿quién puede contar tantas hormigas?) se movían dentro, frenéticos. Un puñado de cubanos —sobre todo cubanos— compartían miradas de desconcierto y uno entendía, al descubrir su ropa, que no habían tenido un minuto de tregua en bastante tiempo. La tribuna al aire libre se levantaba a uno de los lados. La pista, en el extremo opuesto. Al oeste, quedaban los Everglades, un parque natural en el que las libélulas eran de mayor tamaño que los cocodrilos. La carrera estaba a punto de dar la salida.

—¿En España no tenéis cosas grandes para que corran los caballos?

—En Madrid hay un hipódromo. Pero nunca he ido.

—Mirá acá —dijo la chica, señalando el programa de carreras—. Estos son los nombres de los potros, los jockeys, los entrenadores… Y esos registros son sus últimas carreras. Buscá los que algún día lo hicieron bien. Puede que hoy lo recuerden.

—El nueve. «Supersonic Beauty».

—¿Por qué, boludo? Seis carreras. Cero victorias.

—Me gusta su nombre. Y el jinete se llama Orlando Bocachica. Estoy seguro, ganará.

—No podés hacer eso. No podés apostar por el nombre de los potros. Para quemar la plata, pibe, jugá a la lotería o a las cartas.

Aún estábamos discutiendo con qué caballo quedarnos cuando cerraron las taquillas y se lanzó la carrera. A ella le gustaba «My Best China». Corría con la mantilla número tres y, según la uruguaya, la yegua había ganado un premio para debutantes. Además, era la favorita de los pronosticadores y su victoria cotizaba tres a uno. Es decir, que por cada dólar que le hubiéramos jugado, la yegua nos habría dado tres. Como no tuvimos tiempo de apostar, nos quedamos mirando hacia la pista como si en realidad nos importara lo que allí ocurría. Le dije a Celina que, si ganaba el nueve, la invitaría a una cerveza y que, además, cuando la trajera, le regalaría un beso. Aceptó la apuesta por lo imposible del asunto y, posiblemente, por la cerveza gratis, más que porque escondiera algún interés en la madre patria. Los caballos se acercaban ya a la última curva y, en cuestión de segundos, estaban arrojándose como bestias hacia la recta de meta. Ante mis ojos cruzaron los enormes animales, fugaces, con su correspondiente hombrecillo encima. Los jockeys vestían colores de los que nunca había escuchado el nombre. Los cubanos maldecían, los potros galopaban, con rabia, y los perdedores apretaban sus apuestas en el puño.

—Imposible. Has ganado, ché.

En el último tranco, «My Best China», que aún tenía la carrera en su mano, fue adelantada por «Supersonic Beauty». Mi elegido había pasado como un meteorito por la recta, por el interior de la pista, dejando atrás a la favorita y a siete caballos más. Era correcto: yo había ganado, pero no había ganado nada; sólo, el orgullo del acierto. Pronto confirmaron el resultado e informaron de que el potro pagaría diecinueve a uno. Si hubiera jugado diez dólares por ese caballo, habría echado a mi bolsillo casi doscientos. La suerte, a veces, empuja más que el talento.

Le di cinco dólares a Celina para que los apostara en la siguiente. Después de ser humillada por un principiante, la mujer era libre de hacer lo que quisiera con mi dinero. Fui al bar y pedí unas Coronitas a un camarero pelirrojo.

—¿Quieres un soplo para la quinta, chaval? Te digo quién va a ganar si me das un par de pavos —escupió el muchacho mientras sacaba las cervezas.

—Lo siento, pero el señor Robles no vendrá.

Dije aquella frase como el que deja caer un animal muerto hacia el fondo de un lago y regresé a la tribuna. Celina tenía el programa abierto sobre las piernas y un cigarrillo mentolado en la comisura de su boca. La venganza es un derecho. Si tenía que besarme, la chica prefería ensuciar su aliento. En el margen del programa, garabateaba histéricos análisis: «Sweet Cherokee»; «es puntero»; «quedó segundo en su última carrera»; «si aguanta la milla delante, ganará». Por un momento, me recordó a los tipos que se sentaban detrás de las mesas de los castings, esos a los que ya no iba. Los jueces que confirmaban si alguien merecía o no la pena, si interpretaba a tal o cual personaje. Ellos también escribían en los márgenes de las páginas. Ellos también se equivocaban.

Abrí mi programa y marqué el nombre del caballo que ganaría la quinta: «Flying Aptitude», un potro castrado de pelo castaño que alguien traía del hipódromo de Tampa. No tenía ni idea de dónde quedaba Tampa, pero estaba seguro de que iba a ganar. Luego, fui a la sexta y a la séptima. «Shakespeare III» y «Goya’s Dream». Tampoco me defraudarían. Pensé que así es como tendrían que ser las cosas, tal y como una vez fueron imaginadas. Sonreí por dentro. Era fácil decidir mi futuro a través de los caballos. Si el mundo se convertía en algo que pudiera ser narrado por ellos, una especie de cuento que hablaba de mí y que terminaba bien, pronto llegaría la oportunidad y mi carrera despegaría. Sólo tenía que sentarme, elegir un pura sangre y esperar a que ocurriera.

FxCam_1313266683619

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s