La ley de la Oferta: Un ejercicio made in Mark Ravenhill en Frinje 2016

Hace algunos meses que no actualizo el blog, pero no ha sido por falta de ganas. Vuelvo a este espacio para revisitar uno de los ejercicios más interesantes -y útiles, a mi entender- del taller que Mark Ravenhill ofreció a una decena de dramaturgos en el pasado festival Frinje.

Buscar al fascista que llevábamos dentro. Ése era el presupuesto inicial, el punto de partida el despegue del transbordador. A través de la lectura de El azul del cielo de Georges Bataille un grupo de dramaturgos estábamos dispuestos a enfrentarnos con el poderoso monstruo del fascismo que se esconde debajo de nuestra cama. Pronto los textos, muy personales, comenzaron a hacer desfilar ante nuestra escritura el fascismo que hace mella en todos nosotros. La memoria como espejo de un veneno que hemos mamado desde pequeños. Un espectro que, por desgracia, se encuentra tan dentro de la médula de nuestro país, de la identidad de España (y de la humanidad), que sólo hay que encender el telediario para verlo desfilar ante nuestra mirada. Y cada día.mark-ravenhill-007

Pero dejemos esto atrás, vayamos al ejercicio. Si alguien está interesado en descubrir qué ocurrió durante el taller, puede acceder al blog del festival y leer esta entrada de Diana Luque. En este texto no quiero hablar de contenido, sino de forma. De esas fuerzas que brotan en el interior de cada escena y la arrastran hacia un final u otro. Se trata de un ejercicio práctico, para dramaturgos (y escritores), así que perdonad la frialdad. Escribir también surge de la técnica y del análisis, de la gimnasia diaria, no todo es corazón y entraña. Este ejercicio lo bautizaré como “La ley de la Oferta de Mark Ravenhill”, aunque es muy probable que otros ya lo hayan usado antes y que el autor de Product (¡qué buena aquella versión que Julio Manrique dirigió en La Princesa!) sólo sea un intermediario.

Recapitulemos. El día anterior habíamos escrito una breve escena usando nuestros recuerdos, partiríamos de una “situación fascista” que habitara nuestro pasado personal. El cometido era revisar la escritura de dicha escena desde las ofertas que habíamos marcado en ella. Aquí debo explicar qué es para Ravenhill una oferta. Podemos decir que ofertar es abrir una ventana o una puerta a algo más, puede ser una pregunta o una orden, una encrucijada, una réplica a partir de la cual se creará una situación de suspense entre dos personajes y que abrirá multitud de respuestas y de posibilidades. ¿Qué pasará después de esta oferta? ¿Cambiará la relación entre estos dos personajes que hablan? En teoría, sí. ¿Hacia dónde cambiará? Depende de la respuesta. Puede interrumpirse o manterse la situación tal-y-como-está o virar 180º. El propósito es descubrir los micro-movimientos de la escena. Lo que deseamos es que la escena esté en continuo movimiento y se oriente hacia la resolución (positiva o negativa) de cada uno de estos ofrecimientos. Ejemplo de oferta: “María, ¿quieres un plato de sopa?” Esta puede ser la más básica de todas, una pregunta que espera una respuesta. También una oferta podría ser una orden que amenaza el status quo de la escena: “Abuelo, suelta ese cuchillo…” o “Siéntate”. Tras estas breves aperturas, algo tiene que cambiar. ¿Soltará el cuchillo el abuelo? ¿Se sentará o se quedará de pie, desafiante? Algo tendría que moverse hacia algún lugar. Desplazarse. Aunque este desplazamiento sea en un nivel microscópico o imperceptible para el espectador, pero, sin duda, tendrá que ser reconocido por el dramaturgo.

Volvamos a la pregunta base: “María, ¿quieres un plato de sopa?”

Las respuestas posibles pueden ser: “Sí”, “No me gusta la sopa”, “¿Por qué sopa, estás loco?”, “Prefiero una hamburguesa de pollo”, “Eres idiota”, “No lo sé”… Así hasta el infinito; todas las posibles respuestas pueden surgir tras el planteamiento de una oferta. Hasta el silencio. Todo aquello que ocurre después expresa algo, añade algo nuevo a la escena o desenmascara a los personajes. Algunas de las respuestas harán avanzar la acción, otras la bloquearán, etc.

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¿CÓMO RESPONDEMOS A UNA OFERTA?

El autor de Shopping and Fucking nos descubrió que para él existen, principalmente, siete categorías de respuesta:

-Aceptar: “Sí”. Acepto la oferta, que se resuelve de inmediato y no añado nueva información.

-Aceptar y construir: “Sí, ¿pero lleva fideos?” o  “Sí, claro. ¿La has hecho con la receta que te dio mi madre?”. Acepto la oferta y, además, construyo sobre ella. Añado una información o descubro algo que desconocíamos de antemano y que redobla la apuesta. Es decir, se abre una nueva vía.

-Bloquear: “No”. Paramos la oferta deliberadamente. La situación vuelve al un lugar próximo al inicial, aunque ya no será el mismo lugar.

-Bloquear y construir: “No, ¿por qué siempre me ofreces sopa cuando quiero sexo?” La oferta se obstruye pero aparece, como en aceptar+construir, una nueva información o un interrogante. La situación se interrumpe pero avanza.

-Desviar: “Lo que quiero es hablar de tu cáncer”. La escena ha girado hacia un nuevo horizonte, evitando el ofrecimiento. Plantear una nueva oferta, de algún modo, se incluye en esta categoría.

-Cancelar: “¿Estás loco? o “No existe la sopa en este mundo, idiota”. Pensemos en el teatro del absurdo. La oferta es destruida de inmediato porque no tiene sentido en el universo que estamos escribiendo.

-Conservar: “No sé lo que quiero”. La oferta sigue en el aire esperando su resolución.

El silencio de un personaje a un ofrecimiento también tiene cualidades para conservarlo. Aunque el silencio, ya sabemos, además se podría entender como bloqueo o desvío o aceptación… (¡ay, el silencio, cuánto significa en teatro!).

Más tarde, desde esta categorización de respuestas, nos dedicamos a releer nuestras escenas descubriendo cómo habíamos resuelto cada uno de los ofrecimientos que habíamos planteado en ellas. Los límites entre algunos de estos tipos de réplica son difusos (sobre todo entre desviar y bloquear+construir) pero definir el sentido de una respuesta al milímetro es como tratar de acotar el lugar preciso del mar en el que nace una ola: un imposible. Si nos obsesionamos demasiado con este tema, seremos devorados por el mar de los sentidos o por el fantasma de  Anne Ubersfeld. Cuidado.

NOTAS DE VOZ255905

La intención no es ser exhaustivo, tampoco lo era para Mark, pero releyendo los manuscritos o cualquier escena que escribamos, teniendo en cuenta estas pautas, estaremos más cerca de profundizar y de entender la dinámica de lo que hemos escrito.

Para el dramaturgo británico las claves de una buena dramaturgia están en…

“La mejor categoría de réplica es aquella que acepta y construye. Este tipo de respuestas ante la oferta inicial te llevan más lejos, a lugares que te enfrentan con tu escritura y con el tema de aquello que estás contando”.

“Hay ofertas fuertes y ofertas débiles. Es mejor arrancar la escena con ofertas fuertes. Mejor Suelta el cuchillo, abuelo que ¿Quieres un vaso de agua? Los autores tendemos a comenzar las escenas con multitud de ofertas débiles, pensando que así mantenemos el suspense y escondemos nuestras cartas en la manga. Estas ofertas no nos llevan a ninguna parte y dilatan, erróneamente, el momento de un enfrentamiento real. Exploremos las escenas desde la óptica de una oferta fuerte”.

“Una oferta fuerte clarifica la situación entre los personajes y crea un mundo nuevo”.

“Siempre que escribamos un  añadamos un YSiempre que escribamos un NO añadamos un PERO”.

“Salgamos del bloqueo, de lo estático. A determinadas ofertas se puede sumar una acción física. Por ejemplo, una familia que se reclama para quitar la mesa juntos. Descubramos los movimientos de la escena , lo físico de una oferta, también en el espacio”.

Recordemos el post sobre el taller de Alfredo Sanzol que colgué hace unos años. Sanzol afirmaba que un SÍ que hace avanzar la acción dramática es mucho más efectivo que el clásico NO, esa negación que a muchos dramaturgos nos ayuda -pensamos- a crear un conflicto reconocible entre dos caracteres antagónicos. Alfredo decía entonces: “Encontremos soluciones que generen nuevos problemas. Avancemos en la solución, sin evitar el problema”. Qué casualidad, ¿verdad? Parece que estos dos autores están de acuerdo en su forma de trabajar.

Espero que os interese este tipo de artículos. Espero disponer de tiempo este curso teatral para desarrollar más textos didácticos sobre dramaturgia y escritura. Mientras tanto, recibamos el otoño. Hasta pronto.

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