La regla de los 36 años (…y alguna novedad)

LA REGLA DE LOS 36 AÑOS

Dice un compañero de profesión, de esos que prefieren guardar su identidad bajo el alto secreto, que los escritores son, a su modo, algo así como deportistas de élite. Que además del trabajo intelectual, también hay que mantener en forma un físico que sea capaz de hacer frente al extraño oficio de la creación. No estoy hablando de esa generación de escritores adictos al gimnasio, no. Tampoco de Murakami y de los runners. Supongo que también el mundo de los autores, aunque nos pretendamos ajenos al ruido, termina adoptando las dolencias de su época. En este caso, decía mi amigo, los autores se enfrentan a un lapso temporal en el que realizan sus trabajos más próximos a la excelencia. Como los deportistas… Como las modelos de alta costura, todos tenemos nuestra fecha de caducidad. Esta franja de edad, lo que algunos llaman madurez, se encuentra entre los 30 y los 50 años. Es durante ese espacio de tiempo cuando el escritor-deportista se encuentra en su fase de plenitud, de máxima tensión de sus habilidades. Y que tras esa etapa, apuntaba mi amigo, lo demás era desierto: ya fueran redundancias y copias del éxito alcanzado o “lesiones” mentales que fueron llevadas al papel.

Sabemos que las generalizaciones nunca son ciertas. Que existen claros ejemplos, sobre todo en el terreno de la poesía, en los que encontramos a jóvenes escritores capaces de escribir una obra maestra al comienzo de su veintena. O de algún que otro novelista que ha roto los esquemas de la crítica nada más aterrizar. Seguro que, además, alguno de nuestros viejos escritores ha encontrado la clave de su trabajo a muy terciaria edad. Pero si no me dejáis generalizar, ahora mismo tendría que interrumpir la escritura de este post. Y como sin tema no habría contenido, prefiero dejar a un lado la modestia y las buenas costumbres, y lanzar esta curiosidad al ciberespacio: la llamada regla de los 36 años de la escritura dramática.

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Yo que ando interesado en temas generacionales, angustiado por las cuestiones del tiempo (que siempre parece estar a punto de acabarse), tras más de diez años escribiendo acotaciones y diálogos, aún me siento muy lejos de esa pretendida madurez. Pienso que los escritos que alcanzo apenas son un esbozo de lo que deberían ser. Reflejarse -o buscar reflejo- en los maestros de la dramaturgia, siempre es una mala idea. Dicho esto, tenté a los dioses utilizando ese arma arrojadiza para el conocimiento que se llama Wikipedia. Esta regla pseudocientífica, la regla de los 36 años, se basa en los conocimientos ahí adquiridos y se refiere con exclusividad a la escritura dramática. Un riesgo y, como digo, una terrible generalización. Mi descubrimiento, si es que se puede denominar así a esta inútil curiosidad, indicaba que para un dramaturgo el cénit de su madurez creativa, el estado de forma ideal, se alcanzaba a los 36 años. Año arriba o año abajo, grandes de las obras dramáticas ya asumidas como obras maestras de la literatura (no sólo dramática) las habían escrito sus autores al ecuador de su treintena. Es cierto que más tarde, la mayoría de estos autores, siguieron escribiendo grandes textos, pero también es innegable que nunca, en muchos casos, alcanzaban estos últimos el poder de evocación y la fama de sus obras canónicas.

Por poner algún ejemplo, comenzando por mis amados norteamericanos, descubrí con asombro que Tennessee Williams presentó con 36 años Un tranvía llamado deseo. También Arthur Miller, tras alguna otra obra menor, nos trajo a esa edad Muerte de un viajante. David Mamet sigue el camino marcado y cumple la regla matemáticamente, fabricándose en ese momento de su vida Glengarry Glen Ross. Shepard hace lo propio con El verdadero oeste y Tony Kushner, con la primera parte de sus Ángeles en América. Todos con 36. Sin duda, es cuanto menos curioso que  ellos, en torno a los 36 años, hayan escrito/estrenado su ansiada masterpiece, ya que si sólo pudiéramos recordar una obra de cada uno de estos grandes autores, quizás serían estas piezas apuntadas las correspondientes a ese recuerdo.

Pensando en que quizás esta regla se cumplía sólo con los autores norteamericanos, que era propiedad de estos escritores llegar a la grandeza a los 36 por cuestiones geográficas o de lenguaje -quién sabe si el inglés para un norteamericano se asimila con maestría a esa edad ¿?-, decidí seguir indagando en otras épocas y fronteras. Lo que encontré, me asombró un poco más. En Londres, un tipo de 35 años -año arriba o año abajo, ya lo dije- estrenaba Retorno al hogar. Me fui a Rusia y cambié de siglo. Y no podía ser cierto. Chéjov y La gaviota cumplen la regla de los 36 años con mágica exactitud. Volví a cambiar de siglo. Ya en el XXI, Spregelburd con 36 estrenaba La paranoia en Buenos Aires. La regla se cumple con tozudez y nos amenaza a todos como una norma impuesta por los dioses y que los mortales no logramos comprender. Lo más terrible llegó al final de la búsqueda. Esto ya excedía la coincidencia, era demasiado. Hamlet y La vida es sueño… ¿A que no sois capaces de imaginar la edad con la que Shakespeare y Calderón escribieron sus respectivas obras maestras? Sí, exacto, también los viejos rockeros de la dramaturgia cumplieron con la regla de los 36 años.

Como toda norma tiene sus excepciones (por ejemplo: Sarah Kane está a un lado; Ibsen, al otro). Nada es definitivo. Si aún eres joven, querido autor, mira con esperanza tus próximos escritos. Si has rebasado esta edad, piensa que de supersticiones está lleno el mundo del teatro, y que tu obra maestra, como a Samuel Beckett, te espera al otro lado de los cuarenta.

anton-chejov

NOVEDADES

Como prometí, he actualizado algunos de los contenidos del blog. Tras las últimas noticias, he revisado la nota biográfica y he añadido nuevos eventos que están por llegar. Por otra parte, podéis encontrar online y en PDF, totalmente gratis, dos de mis últimos textos estrenados: Ascensión y Caída de Mónica Seles y Contra la ironía de la clase media ya pueden descargarse en la sección de Teatro.

Además, os presento una nueva página en la barra superior. En Vídeos trataré de reunir todo el material audiovisual (trailers, entrevistas, obras grabadas, etc.) que resulte de mi trabajo.

¡Feliz otoño, compañeros!

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