Psicosis

No hay nada que le guste más a un artista joven, sea de la clase que sea, decir eso de que le va bien. Esa sentencia que sirve como cartel promocional, distinción frente a sus iguales y, al mismo tiempo, justificación en la casa paternal, porque uno necesita matar al padre o, en su defecto, ponerle frente a las narices que, a pesar de adentrarse en ese camino estéril de las artes, a pesar de no haber terminado derecho, es capaz de subsistir. Y de sobrevivir, que ya es mucho.

No hay nada que le guste más a un dramaturgo joven decir eso de que le va bien, que tiene dos, tres o cuatro estrenos por temporada, a pesar de no tener para pagar el alquiler, pero que entre esta beca y los derechos de esta obra, lo va a sacar adelante, y que ya verás tú cuando falle tal o cual premio, que entonces seguro que saca para el alquiler y para unas vacaciones en Bali.

Ahora que estoy en Berlín, terminando mi nuevo proyecto, puedo decir que me va bien. Me pagan por escribir. Para escribir no es necesario que te paguen. Lo iba a seguir haciendo. Pero se agradece, no lo voy a negar.  En estos tiempos de bonanza podría expresar un cierto entusiasmo acerca de la profesión, pero prefiero esperar. Con los años, uno aprende a esperar. A relativizar. Hay que tomar distancia de todo, valorar el éxito y el fracaso en su justa medida, dar un paso atrás, porque si no te puedes volver loco. Ser un autor joven, con una cierta trayectoria, y pretender dedicarte a esto de escribir teatro es lo más parecido que encuentro a alquilar una habitación en el Bates Motel. Una habitación con vistas a la eternidad. Uno cuando sale a echar un cigarrillo al parking, nunca sabe bien si se va a encontrar con Anthony Perkins, con su “madre” o con un cuchillo clavado en la espalda.

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“Esto me va a doler más a mí que a ti”, le dijo un director a un dramaturgo, antes de amputar la escena clave de su obra.

Bates Motel. Psicosis. Ser un joven dramaturgo.

Si estás harto de poner cafés en ese despacho, de hacer de becario, de ser humillado por tu jefe, de trabajar como un chino y encima cobrar poco o no cobrar, créeme que eres afortunado. Al menos sabes lo que estás haciendo con tu vida. Puedes pensar en dejarlo o continuar.  Puedes buscar alternativas o un nuevo trabajo. Sabes que no vas a caer más bajo y a la vez puedes sentirte ilusionado con subir más alto.  Algo es algo.

No quiero convertir este blog en un escaparate para la queja personal, pero creo que esto trasciende lo personal. Tampoco creo que es necesario escribir siempre sobre los logros o los éxitos, promocionar estrenos o textos, cuando en verdad hay otras cosas no tan agradables detrás de esto de la escritura. No sé si le va a servir a alguien, tal vez sí. Tal vez un joven Antonio Rojano, aún estudiante, con deseos de escribir una gran obra de teatro, lea mis palabras.

“Antonio, aún estás a tiempo de tomar la decisión correcta. Piénsalo bien. Yo te voy a contar de qué va esto y luego tú decides.”

Ser escritor de teatro es como un trastorno bipolar. Muchos creen que el mundo del artista es algo cool, pero no lo es. Es un cúmulo de egos luchando por alcanzar el agujero del embudo. Eso es todo. Luego le queremos dar más importancia de la que tiene. A nadie (al menos a un 90% de la población en España) le interesa el teatro.  Uno quiere sentirse muy importante en algo que no tiene la menor importancia. Así son las artes, pero lo aceptamos. Si aceptamos que trabajamos en algo que no le interesa a casi nadie, al menos podemos decir que lo hacemos por satisfacción personal. Por realización. Y que el logro o el fracaso, son cosas que se añaden, que dan color a este camino, pero que tampoco hay que tomarlas muy en serio.

Para sobrevivir a este mundo hay que acostumbrarse a la palmada en la espalda y la guantada en la cara. Al aplauso y la rajada. A la caricia y al golpe. Sin olvidar el humor, expongo algunas experiencias psicóticas que he vivido hasta llegar aquí:

Prensa: Con 23 años me hicieron una entrevista en un periódico local de Córdoba, abriendo el suplemento cultural, doble página con fotografía enorme. Entonces había escrito una sola obra y no sabía nada, pero allí estaba yo, como Vargas Llosa tras haber ganado el Premio Nobel. Ahora sigo sin saber nada, pero ya son 30 años los que tengo y peino canas, con más de diez obras a la espalda, no me llaman ni para preguntar qué voy a hacer este fin de semana.

Libros: Próximamente se va a publicar en Italia una cuidada edición de mi obra Fair Play. Mencionar que esta obra no ha sido publicada (en papel) en España.

Teatros: Estuve un mes becado en Londres en un importante teatro, compartí mi tiempo con jóvenes autores de todo el mundo. Cuando alguien se acercaba a hablar contigo, lo hacía con distancia, timidez y una cierta admiración. Alojamiento, comidas… Hasta nos daban una paga extra para nuestros gastos en la ciudad. Admito que me sobró dinero y que por primera vez en mucho tiempo me pude comprar unas zapatillas de marca. Otro teatro, en este caso un teatro español, me invitó a un encuentro similar recientemente. Había también jóvenes autores de todo el mundo. A pesar de las similitudes, aunque el cónclave no se desarrollaba en mi ciudad, tuve que costearme el alojamiento y el viaje. A diferencia de mis compañeros extranjeros, para mí no había financiación.  ¿Por ser español? Sí, por ser español. No sé si me compré unas chanclas para ir a la playa, pero esta vez las costeé con mi propio dinero.

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Joven autora recibiendo un premio.

Tertulias: Me invitaron a un encuentro de dramaturgia en el levante español. Hotel de nivel y tren en clase preferente. Cuando esto ocurre, uno se siente como un concejal de capital de provincia o un hijo de Camps. Tu ego te lleva a pesar que alguien valora, al fin, tu trabajo en la medida correcta. Maldito ego. Varios autores leímos una ponencia sobre nuestro teatro. Pero, lo más curioso de todo, es que el público asistente a tal encuentro no llegaba a la decena de personas. Tanto gasto realizado para concluir… ¿de verdad le interesa a alguien nuestro trabajo?

Los jóvenes: Un importante editor de teatro de nuestro país (no es tan difícil acertar, porque apenas hay editoriales de teatro en nuestro país), lanzó un órdago durante una cena a varios jóvenes autores con los que compartía mesa. “Ustedes lo que tienen que hacer es ir al teatro, a ver si aprenden algo”. No sé mucho de edición, pero siempre creí -iluso de mí- que un editor se entusiasma leyendo los textos que más tarde pretende publicar. Que su labor, a lo Indiana Jones, además de centrarse en los autores consagrados, se adentra en el descubrimiento de las nuevas voces que se esconden en el interior de la pirámide. En este caso, el editor estaba más que satisfecho con el all-inclusive de la cena en cuestión y, durante ese tiempo, su desprecio hacia los autores jóvenes (y hacia sus propios libros) fue más que notable.

Los créditos*: Una vez escribí un videojuego y escondieron mi nombre en los créditos, simplemente porque el director del producto quería llevarse todo el protagonismo. Según él, había tenido la idea original del juego. “Zombies en los ochenta”, dijo. Luego va un servidor y escribe una historia, desarrolla una trama y crea un personaje, le da voz y cuerpo, pero eso no sirve de mucho porque no tuve la idea original. Como si las ideas tuvieran algún valor. O al menos ese tipo de ideas. Quiero escribir una obra sobre el desamor, sobre los celos, sobre la caída de las Torres Gemelas… Algunos directores, no todos, que me he encontrado en este pesaroso valle de lágrimas también actúan así. Al menos a mí me ha pasado. En un supuesto inverosímil, imagino a un director británico comunicándole a Shakespeare que quiere una obra sobre el amor y sus dificultades. Luego Shakespeare escribe Romeo y Julieta. En la actualidad, ese cartel sería algo parecido a esto: “Idea Original de EL-BRITÁNICO-DE-TURNO”, en letras bien grandes y visibles, y más abajo, en un rinconcito, con un tipo de letra menor, “Escrita por William Shakespeare”. Hay cierta relación entre el tipo de letra, su tamaño, con la psicología. Dime cómo pones tu nombre en un cartel y te diré cómo eres.  Dime cómo te distingues frente a los demás y te diré cuál es tu complejo. Me consta que ya se están haciendo estudios sobre esta nueva ciencia en las universidades correspondientes.

Podría adentrarme en la oscuridad de la noche enumerando más confesiones-de-un-joven-dramaturgo, pero el punto de vista ha quedado claro. Sólo quiero expresar la esquizofrenia que debemos soportar cuando tratamos de dedicarnos “profesionalmente” (what a joke!) a esto de la escritura teatral. Puedes trabajar con un director ganador de un Olivier, tener discusiones interminables con él sobre tu obra, sobre tu trabajo y sentir su valoración y respeto, y, al día siguiente, lidiar con un director primerizo que te ningunee. Puedes pasar meses sin recibir una sola llamada de curro y que el día que estás montándote en un avión para comenzar un proyecto fuera de España, suene tu teléfono -qué casualidad- y el CDN esté buscándote para una entrevista. Puedes escribir un obra para un espacio y que te digan que aquí no hay derechos de autor, ni para ti ni para nadie, que así es esto del teatro, y, unas horas más tarde, recibir un sobre con un cheque de 200 euros que te ha mandado la SGAE por un bolo en La Rioja de una obra que ya ni te acuerdas que escribiste. Es complicado. A veces cuesta entender. No se puede vivir en esta psicosis permanente. No quiero viajar en preferente, sólo anhelo un cierto equilibrio. No quiero halagos ni hoteles de cinco estrellas, sólo poder sentir que estoy haciendo algo que tiene sentido y con lo que puedo sobrevivir. Sobrevivir sin caer en la locura.

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Dramaturgo divergente.

Cada paso que damos adelante se puede convertir en dos pasos atrás. Tampoco es una cuestión de fuera o dentro, no es tanto una crítica a nuestro país, sino a algunas estructuras de nuestro país. Seguro que también fuera cuecen habas. He tenido experiencias positivas, por supuesto. Pero de eso escribo a menudo en el blog, por lo que esta entrada, permítanme que suene como una patada en la boca. He encontrado durante mi carrera directores que han confiado en mi trabajo y han sido respetuosos con él. En un caso concreto, a pesar de no tratarse de una de mis obras más logradas, el montaje sí que funcionó y tuvo un gran éxito. Y la única razón fue porque el director buscó una comunión entre todas las partes. A eso es lo que me refiero, a que el teatro no es un arte individual, sino colectivo. Y cuando el colectivo funciona, se nota, ¿verdad?

A veces dan ganas de tirar la toalla. De hacerse becario de algo, doblar colchas en un Zara Home o poner copas. En uno de esos días de crítica plañidera, de indignación contra este mundo y el siguiente, José Manuel Mora me soltó unas palabras que aún recuerdo. “Amigo, hay que luchar y seguir escribiendo… ¿Qué otra cosa podemos hacer?” Y ahí está todo. Lucha y escritura. El resumen de nuestra vida. A pesar de volvernos locos durante el camino, sigamos escribiendo, ¿qué otra cosa podemos hacer?

*(Hablando de carteles y tipografía, una vez colocaron dos coronas de laurel al lado de mi nombre en un cartel, ya que la obra que se estrenaba había recibido dos premios importantes de dramaturgia. A veces pienso que sería una buena manera de catalogar las obras y los autores, como con las estrellas mundialistas en los escudos de las selecciones nacionales de fútbol. Deberían poner estrellas, coronas de laurel o manzanitas de los Max, en función de la celebridad del autor. Por ejemplo, Mayorga podría ser una especie de Brasil, Sanzol una Italia, José Ramón Fernandez una Francia… y yo, pues una Bosnia, para qué nos vamos a engañar, una recién clasificada para disputar el Mundial.)

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