Los premios

Aprovechando la resaca que han dejado los MAX,415x251gala_2013_portada_max premios que cada año se entregan a las mejores propuestas teatrales y de danza, donde autores, directores, técnicos e intérpretes celebran su trabajo, creo que no había un tema mejor para analizar en esta nueva entrada del blog.

Para un artista, alguien que se entrega a un trabajo desinteresado y artístico o, en cambio, alguien que realiza un trabajo puramente personal, por y para sí mismo, ¿qué significa que le concedan un premio? ¿Qué le aporta la celebración del otro sobre su trabajo? ¿Hay algo más allá de alimentar los egos artísticos?

Thomas Bernhard (otra vez, sí) tiene un libro exclusivo para escupir, criticar y burlarse sobre esta clase de eventos. En Mis premios, Berhnard genera citas como: “… ahora tenía que ir precisamente a ese Ministerio y dejar que precisamente aquella gente a la que detestaba profundamente me colgara un premio que detestaba” O la divertida: “Quien compre el traje que acabo de devolver no sabrá que ha estado ya en la entrega del Premio Grillparzer de la Academia de Ciencias de Viena.”

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Bernhard es capaz de comprar un traje, recoger un premio y al día siguiente cambiar el traje y pensar en quién será aquel afortunado que vista con aquella prenda devuelta. Es capaz de comprarse un coche nuevo con el dinero del premio (como pretende hacer Miguel del Arco tras el Valle Inclán) y estrellarlo en sus siguientes vacaciones (le deseo a  Miguel mejor fortuna). Cuando recibí mi primer premio importante, el teléfono no dejó de sonar. Recuerdo estar en la ducha y recibir una llamada. Era alguna agencia de noticias nacional. Me felicitaron toalla en mano y me entrevistaron mientras me afeitaba. Recuerdo estar muy nervioso. Tenía 23 años, estaba empapando el móvil y aún no había asimilado la buena noticia. Recuerdo que entonces llegó la fatídica pregunta: ¿En qué piensas gastar el dinero del premio? Creo que la única respuesta digna para un autor, que no sea del todo ridícula ni lo muestre como un estúpido materialista, es decir que va a usar el dinero del premio en autoproducirse la obra. Cualquier otra respuesta, pienso, está bañada por la estupidez una vez trasciende a la línea de un periódico. Quiero compararme un ordenador nuevo, dije, traicionando al 486 de segunda mano que utilizaba. La respuesta salió en varios medios escritos y era lo más comentado a mi alrededor. Mira aquí lo que dice A., señalaban. Por alguna extraña razón, a la gente le parecía divertido que quisiera comprarme un ordenador nuevo. Bueno, debo decir que con ese ordenador nuevo escribí mi siguiente texto. Una obra que extrañamente recibió dos premios a la joven dramaturgia. No me preguntéis cómo lo hice pero a ninguno de los organismos que los concedían les importó demasiado. Así que yo dije, dos premios son mejor que uno, ¿no? No salió del todo mal la jugada. En mi caso -por eso cuento esta anécdota- cada premio, sobre todo por su valor económico, me ha servido para comprar tiempo y material para seguir trabajando. Y, por su valor espiritual, fuerzas para seguir creyendo en mi trabajo.

Centrándonos ya en los premios para autores teatrales, tan buenos son los premios que recibes como los que no recibes. Mi mejor experiencia para relativizar los premios fue formar parte de un jurado. No hablo de que se den injusticias ni de que los jurados estén “untados”, como afirman algunos. Muchos reniegan de los premios hasta que los consiguen. O hablan de ellos mal para desprestigiarlos, escondiendo quizá una cierta frustración en su trabajo. Si yo he ganado un premio, cualquiera puede ganarlo. Y con esto me refiero a que mi experiencia personal desmiente muchas de estas habladurías: que un muchacho de provincias que no conoce a nadie, que no ha estudiado dramaturgia en la RESAD, que no se ha relacionado nunca con el mundo teatral madrileño, va y gana un premio a nivel nacional otorgado por una gente que no le conoce de nada, permítanme, me parece una prueba suficiente de que los amaños no se dan tanto como pensamos. Con esto, me refiero a que ganar un premio -o perderlo- forma parte del azar. Sí, del azar. Depende de mil circunstancias imposibles de valorar. Siempre llegan tres o cuatro textos a una pretendida final. Todos son buenos textos. Que gane uno y no otro responde a puro azar. A veces gana el mejor texto unánimemente,  a veces hay varios textos que podrían ganar y que gane uno u otro da lo mismo al jurado, a veces discuten dos del jurado por sus preferidos y se decide salomónicamente dar el premio a un tercero para que no se moleste nadie, a veces gana el más atrevido, a veces gana el más convencional, a veces gana el autor más conocido… Los factores son incontrolables, así que no hay que tenerlos demasiado en cuenta. Para bien o para mal, todo en la vida es así. Y para un autor descubrir cómo se dan los premios le ayuda a tener los pies en el suelo.

Quiero utilizar este espacio para reflexionar sobre los premios. Y como mi blog está enfocado en la joven dramaturgia, qué mejor que los autores jóvenes (entre los que me incluyo) nos hablen de su experiencia con ellos.

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