Morir, dormir: dormir, tal vez soñar

Porque el hombre tampoco conoce su tiempo: como peces atrapados en la red traicionera, y como aves apresadas en la trampa, así son atrapados los hijos de los hombres en el tiempo malo cuando éste cae de repente sobre ellos.

Eclesiastés 9, 12

“Se nos ha dicho que el teatro siempre está muriendo, y es cierto. Y, en vez de quitarle importancia deberíamos comprenderlo. El teatro es una expresión de nuestra vida onírica, de nuestras aspiraciones inconscientes.

El teatro responde a lo mejor de nuestra sociedad, a lo más turbado, a lo más visionario. Conforme la sociedad cambia, cambia el teatro.

(…)

El artista dramático desempeña en la sociedad la misma función que los sueños en nuestra vida subconsciente. Se nos elige para que suministremos los sueños del cuerpo político, somos los hacedores de sueños de la sociedad. Aquello que representamos, diseñamos, escribimos, no proviene de una fantasía individual carente de sentido, sino del alma de los tiempos, esa alma que se observa y se expresa en el artista.

El artista es el explorador avanzado de la conciencia social. Como tal, muchas veces sus primeros informes no son creídos.

(…)

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No es el teatro el que está muriendo, sino los hombres y mujeres: la sociedad. Y mientras ésta muere, aparece un nuevo grupo de exploradores, artistas, cuyos informes son repudiados, luego sacralizados, luego repudiados.

El teatro está siempre muriendo porque la inspiración artística no puede ser inculcada; sólo puede ser alimentada.

(…)

Toda reiteración de la idea de que nada importa envilece el espíritu humano.

Toda reiteración de la idea de que en la vida humana no hay drama, sino sólo dramatización, de que no hay tragedia, sino sólo desgracias inexplicables, nos envilece. Porque niega lo que sabemos que es verdad. Al negar lo que sabemos, somos una nación que no puede recordar sus sueños; como una persona desdichada que no puede recordar sus sueños y por eso niega soñar, y niega que existan cosas tales como los sueños.

Al aceptar nuestra desdicha nos estamos destruyendo a nosotros mismos.

Nos destruimos a nosotros mismos cuando aprobamos que se acepte el olvido en la televisión, en el cine y en la escena.

¿Quién alzará su voz? ¿Quién hablará en nombre del espíritu humano? ¿Quién es capaz de ser oído? ¿De ser aceptado? ¿De ser creído? Solamente la persona que habla sin motivos ocultos, sin esperanza de obtener beneficios, incluso sin el deseo de cambiar, con el único deseo de crear: el artista.”

Fragmentos de La tradición del teatro como arte,

ensayo contenido en Una profesión de putas de David Mamet.

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