Un teatro en la tormenta

El siguiente texto aborda la tormenta con ambición desmedida y trata de introducirla en el teatro como elemento, símbolo, modelo de estructura y lenguaje.

EL HOMBRE QUE DA EL TIEMPO ES RUSO

La décima réplica de La gaviota de Antón Chéjov arranca como una charla de ascensor y ayuda a poner fin a la primera escena de la obra:

La atmósfera es sofocante. Esta noche, seguramente, tendremos tormenta…

Por su precocidad, la sentencia de Mascha carece de importancia. No hay que conjurar a la metáfora. Es demasiado pronto. Tampoco es una predicción meteorológica ni un augurio para el final de la obra. Es imposible que en el primer acto se presuponga la tormenta del cuarto, que llegaría dos años más tarde de esta escena, cuando el viento afilado de Rusia se cuela por las ventanas del despacho (y en el pensamiento) del joven Tréplev. Es labor del crítico desenfundar el revólver y disparar las balas del simbolismo antes del primer trueno. La tormenta será por y para siempre un acompañante de la tragedia. Un cómplice de ella. Pero, ¿hasta qué punto sería cierta esta afirmación del crítico? Pienso en una primavera tempestuosa. Pienso en la vieja Rusia y no es tan descabellado imaginar que la tormenta ya estaba allí, en la naturaleza del clima soviético, antes de que el mismo Chéjov aprendiera a usar la pluma. ¿Hasta qué punto el símbolo es superior a la circunstancia? La tormenta en La gaviota puede ser circunstancial. ¿Acaso Chéjov puede imaginar un mundo soleado en el que no existan ventiscas? ¿Un mundo sin tormentas? ¿Creen que el escritor ruso puede describir el calor húmedo de la jungla africana con la soltura que sus fincas entran en el invierno? Bueno, lo intuye. Durante un instante en Tío Vania, uno de los personajes mira un mapa y contrapone un pensamiento asombroso:

En esa África hará ahora un calor terrible.

Chéjov habla del tiempo porque esa burguesía decadente lo hace. La tormenta no significa tanto para él. La tormenta es una ayuda, un empujoncito para su obra. Obliga a que todos sus personajes se reúnan en una misma habitación y comiencen a aburrirse. Por eso Chéjov es universal, por el aburrimiento. Si hoy mismo alguien escribiera una obra de teatro en nuestro país, no puede obviar que en nuestra realidad los ríos están cerca de desbordarse. Me imagino a una familia con el río a las puertas de casa obligados a aislarse, a mirarse a la cara por primera vez y a comenzar a hablarse con sinceridad. La tormenta, como en Chéjov, podría ser un elemento presente con el que jugar en el drama. Si en verdad queremos empaparnos en símbolos y en agua de lluvia, para eso tenemos que invocar a Shakespeare.

Tío Vania_todos

CIELO TAN NUBLADO NO SE LIMPIA SIN TORMENTA

William Shakespeare es tan descarado que antes de yo escribir este artículo ya había escrito una obra llamada La tempestad. Pero la verdadera tormenta shakesperiana, la que define al genio inglés, es la que sufre El rey Lear. Al final del encuentro entre Lear y sus hijas, los dos grupos opuestos en los que ha quedado dividida la familia se separan definitivamente. El primer anuncio de tormenta confirma esta separación. Una vez Lear es humillado por dos de sus hijas, es la tormenta la dominante del drama, arrastrando al viejo león a exponerse a ella y a descubrir lo que guarda para él en su interior:

Brama y desencadénate, ¡oh viento! desplegando todo tu furor. Huracanes, cataratas y tempestades, derramad vuestros torrentes sobre la tierra: sepultad bajo las aguas la cima de nuestras torres y de nuestros campanarios: fuegos sulfurosos, ejecutores del pensamiento, embajadores del rayo que estalla y rompe las encinas, abrasad mis canas: horrísono trueno que todo lo conmueves, aplasta el globo del mundo, destroza todos los mundos de la naturaleza, y extermina los gérmenes que producen el hombre ingrato. (…) Agota tus flancos, huracán, derramando tus torrentes de lluvia y fuego; vientos, trueno tempestad, no sois vosotros mis hijas: elementos furiosos no os acuso de ingratitud. No os he dado un reino; no sois hijas mías, ni me debéis obediencia.

Lear se conoce a sí mismo bajo la lluvia, mientras que la tempestad es ya la primera plaga del castigo a sus hijas. La primera aparición del viejo rey en la tormenta nos lo muestra en su cólera pidiendo a la tempestad que cumpla sobre la naturaleza y el universo entero, la maldición que ya ha lanzado sobre sus propias hijas. El tercer acto de Lear, que trata de la tormenta y de sus reflejos en el comportamiento de los hombres que la sufren, es un bello ejemplo de elaboración poética para fines dramáticos. En medio de ella, como protagonista principal y a la vez como símbolo del estado espiritual de una humanidad expuesta, se alza la figura del viejo rey. Pero también, la tempestad ha estallado en la mente de Lear como resultado del trato que le han dado sus hijas, el símbolo está fundido con la descripción de los elementos. La tempestad externa, que ejerce sobre su avejentado cuerpo la presión intolerable que acaba aplastándole, es, a su vez, una proyección de su estado interior, estando ambas fundidas en una sola realidad. Shakespeare es un genio porque el símbolo nunca es circunstancial. Lear, el rey que se vuelve loco, atrae para sí el caos de la humanidad. Lo absorbe a través de la tormenta y lo expulsa durante su viaje. Y alguien que escribe (o que pretende escribir), cuando lee a Shakespeare, no deja de preguntarse cómo se escribe la tormenta.

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CÓMO SE ESCRIBE LA TORMENTA

Según Wikipedia “las tormentas se crean cuando un centro de baja presión se encuentra con un FORMACIÓN-DE-TORMENTAsistema de alta presión que lo rodea. Esta combinación de fuerzas opuestas puede crear vientos y resultar en la formación de nubes de tormenta. El contraste térmico y otras propiedades de las masas de aire húmedo dan origen al desarrollo de fuertes movimientos ascendentes y descendentes produciendo una serie de efectos característicos, como fuertes lluvias y vientos en la superficie e intensas descargas eléctricas”.

Las ciencias naturales como las sociales disfrutan de interesantes analogías. Seguramente no es un enfoque muy académico, pero qué más da lo académico cuando estamos escribiendo una ficción. Si probamos estas ideas acerca de la formación de las tormentas en la escritura dramática es posible que nos funcionen. Al menos, en los libros de teoría encontramos también flechas de fuerzas que se oponen, actantes de distintos colores, que se enfrentan a los objetivos y deseos de los protagonistas. Pero siendo más firmes en el análisis, observamos que los hombres de sangre y hueso, como nuestros personajes, conviven en un espacio determinado, crean estructuras entre ellos y compiten por recursos limitados. Ya sea dinero, amor, supervivencia, salud, seguridad… o cualquier necesidad imaginable, ahí están los hombres (como los personajes) pugnando por ellos. En su búsqueda, como los frentes fríos y calientes, los hombres atraen y expulsan energía. Como las nubes, algunos concentran los recursos mientras que otros los pierden. Las desigualdades siempre existen.

Si queremos analizar la escritura dramática del modo que analizamos la formación de una tormenta, pensemos en que son sistemas y que:

  1.  Todos los sistemas existen en un punto lejano al equilibrio. El equilibrio significa la muerte.
  2. Para que un sistema esté vivo debe moverse entre dos extremos: orden y caos.
  3. Cuando un sistema está bajo una gran presión, es necesario que emerja algo nuevo. Una fuerza no predecible aparecerá y establecerá un nuevo orden en el caos.

De esta forma podemos encontrar un modelo de estructura a través de la tormenta. Si aplicamos este modelo a La visita de la vieja dama de Dürrenmatt, por ejemplo, podemos decir que: la obra aborda el regreso de una multimillonaria al pueblo de su infancia, donde todos los habitantes se han empobrecido y están llenos de deudas, a pesar de que los pueblos del entorno sí han progresado (1). La señora parece mostrarse generosa y quiere ofrecer millones a su pueblo natal para que solucionen sus problemas, pero con una condición: que un voluntario se ofrezca a asesinar a su antiguo novio, que la dejó embarazada y la abandonó, un hombre admirado y respetado en su pueblo que está a punto de ser el nuevo alcalde. Ella era pobre y ahora es rica y vuelve a casa para cumplir su venganza (2). El poder del dinero y el deseo de venganza de la vieja dama pueden encadenar notables cambios para la comunidad. Aquellos que admiraban al hombre, incluso su familia, comienzan a plantearse seriamente el cobro de esta deuda. Ese nuevo mundo que se genera (3), tiene nombre para la vieja dama y se muestra por la lucidez que uno puede encontrar en el “ojo del huracán”:

El mundo me convirtió en una puta y ahora yo lo convertiré en un burdel.

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EL LENGUAJE DE LA LLUVIA

Pero tal vez la necesidad sea otra, tal vez el escritor desea reflejar la tormenta desde otro vértice, un lugar más lejano al elemento, al símbolo o a la estructura de la pieza. La tormenta también puede escribirse desde el lenguaje.

El lenguaje configura al personaje. En el teatro, el personaje se da a conocer a través de lo que dice. Añadamos, también, de lo que hace. Si queremos mostrar el caos de la tormenta en la mente de un personaje es probable que deseemos escribir sobre una mente enferma. El lenguaje neurótico tiene un particular sentido del ritmo y sus recursos pueden ser: la repetición, el desorden, la destrucción de la lengua o el silencio.

Una mente poseída por la tormenta se expresa a través de los rayos insultos-mortadelo-filemon4(y centellas) que es capaz de originar. Es curioso que la blasfemia y el lenguaje emocionalmente violento, cuando se muestra en el bocadillo de un cómic o de una novela gráfica, dibuja en el aire animales, calaveras piratas y rayos de tormenta. Este lenguaje basado en la repetición y el ritmo y, por qué no decir también, en el taco, tiene un exponente anglosajón llamado David Mamet. El norteamericano es un autor capaz de establecer a través de lo obsceno el ritmo de sus diálogos y de que uno de sus personajes más caóticos, Teach en El búfalo americano, se presente en escena gritando hasta en ocho ocasiones consecutivas “Fucking Ruthie!”.

El goteo de la lluvia que deja atrás la tormenta mantiene un ritmo propio. De vez en cuando, el estruendo interrumpe. La oscuridad se ilumina. La problemática de la tormenta, como vemos, entronca con el lenguaje del enfermo. Un ejemplo de ese lenguaje neurótico, si viajamos al pasado, lo encontramos en Woyzeck. El expresionismo de Büchner y la presión de su esposa, su capitán y su doctor, llevan al joven soldado a la locura. Hay algo alemán en la tormenta. Woyzeck es tormenta. Thomas Bernhard, también. Si leemos Ante la jubilación, o cualquier otra pieza del austriaco, encontramos los rasgos definitorios de este tipo de lenguaje:

Podría mataros si quisiera / Podría mataros a todos / No estoy entrenado claro / Pero podría mataros a todos tal como sois (…) Si me diera la gana / os mataría a tiros (…) Os lo digo ya  / si quisiera os mataría (…) Nadie me oye / No me oye nadie / Si me diera la gana / Pero no me da la gana / y además la pistola no está cargada / No tiene munición

Rudolf desenfunda ante sus hermanas la Luger del pasado y su enfermedad se revela. Es el gran día, la celebración de cada año, el momento en el que vuelve a vestirse con su uniforme de las SS. Rudolf no está bien. Lo sabemos. Es probable que pronto vaya a morir. Su neurosis, su lenguaje envenenado, le matará tarde o temprano. Los viejos soldados sobreviven a las guerras, al crimen y al horror, pero no siempre a la tormenta.

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Una respuesta a “Un teatro en la tormenta

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