Fragmentos: Katiuskas

¿Y si la muerte no fuera otra cosa que ruido?

Ruido de fondo, DON DELILLO

Apocalipsis. O una nube tóxica. Eso es todo y no hace falta más: con un cúmulo que cubra el cielo de veneno será suficiente. Luz tenue. Luego, siempre viene la lluvia ácida. La naturaleza muerta y los cuerpos.

En Katiuskas no se anticipa un futuro improbable. Las potencias no han dejado de existir ni el planeta es un lugar destruido. Los supervivientes no deambulan sobre una pesadilla de cenizas, despiertos, comiéndose los unos a los otros. No es el final del camino. Sólo es una parada más. Más cercana y más real. Más probable, si lo queremos llamar así. Algunos dirán que hablamos de ciencia White Noise Penguin Classics edition coverficción… y está claro que no es un tema nuevo: infinidad de cómics, numerosos films paranoides de la Guerra Fría y unas cuantas novelas (propias de clásicos contemporáneos de la escritura como Stephen King, Cormac McCarthy o, el inextinguible, J. G. Ballard) han explorado la cuestión del nuevo robinsón que intenta sobrevivir al naufragio del planeta. A pesar de tantas otras criaturas de ficción, Katiuskas surgió de una lectura: Ruido de fondo de Don DeLillo. Allí el paisaje no es definitivo, es una tragedia temporal. Una nube tóxica ataca una pequeña comunidad americana. La familia se mantiene unida ante la catástrofe. Pero el miedo a la muerte y la paranoia, por más que se traten de esconder, serán los monstruos eternos de su aventura.

En Katiuskas hace tiempo que la catástrofe ocurrió. Como en Fukushima. La región vuelve a la normalidad (o no, nunca volverá, y si no lo creéis podéis pasear como muertos vivientes por sus calles a través del Street View publicado por un blog de The New York Times). Pero a pesar de volver al punto de partida, no hay retorno a él. El miedo permanece. Edipo en Chernobyl también se quedaría ciego. El miedo hace reflexionar al hombre, lo hace aún más solitario. Según el controvertido filósofo Slavoj Zizek en su artículo El orden social es siempre frágil, sorprende que la sociedad, como nexo de unión entre los individuos, desaparezca frente a la catástrofe:

Habría mucho que decir sobre el miedo que se infiltra en nuestras vidas a causa de un accidente natural o tecnológico (corte de electricidad, terremoto…), el miedo de ver desintegrarse nuestro tejido social. Este sentimiento de fragilidad de nuestro vínculo social es, en sí mismo, un síntoma: en el preciso lugar donde uno esperaría un impulso de solidaridad frente a una catástrofe semejante, lo que estalla es el egoísmo más despiadado.

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Y este pasado 2012, aprovechando el mito y la catástrofe, parecía el momento ideal para investigar ese miedo. Con ayuda del humor. Con ayuda de una trama amorosa que demuestra nuestras altas y patéticas pasiones. Y, sobre todo, usando el mínimo común múltiplo de una muestra social: la familia que retorna a casa tras el fogonazo inesperado de claridad.

Fragmento:

[DIANA se lanza sobre su marido. Le besa con pasión. Su cuello, sus hombros… Se abrazan.]

Chernobyl04DIANA.― Dime. Dime, por favor. ¿Cómo fue aquello? ¿Qué pasó aquel día?

EDUARD.― ¿Dónde?

DIANA.― En la central química.

EDUARD.― Estuvo bien.

DIANA.― ¿Bien? ¿Mejor que yo? (No responde.) ¿Por qué no me quieres? ¿Qué te pasa? Responde. ¿Hay alguien más? ¿Te ves con alguien? Dime. (Él niega.) Y… allí… en el hospital… ¿Hubo alguien más? (Él asiente. Ella se aleja de él.)

EDUARD.― Yo. Estaba yo. Conmigo mismo.

DIANA.― Te he echado de menos. Te esperé. Te esperé al principio. Los primeros meses. Y me dijeron que iba a ser muy difícil que te pusieras bien. Que habías respirado ese gas cabrón y que ibas a morir como los otros murieron. Pensé que cuando te recuperaras podríamos empezar otra vez. Una vida lejos. En cualquier otro sitio que estuviera limpio. Pero no me dieron esperanzas de que iba a salir bien, ¿sabes? Casi no me dejaban verte. Y no pude moverme. No supe ir hacia ningún lugar. La gente se marchaba del pueblo y yo era incapaz de moverme. Y aún sigo sin moverme, créeme. Tengo los pies plantados en el suelo, uno a cada lado de una línea imaginaria y siento las fuerzas que tiran de mí, de mi cuerpo, y pienso que en cualquier momento me voy a romper por la mitad. (Pausa.) ¿Qué podemos hacer? ¿Ya no me quieres?

(…)

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